La vanidad es un coñazo.
El inspirado poeta Longfellow decía que una de las primordiales condiciones de la paz del ánimo y del poder de la voluntad, éxito positivo de la vida, es el talento de hacer bien todo cuanto uno sea capaz de hacer y hacerlo sin apetencia de vanagloria o fama.
Sobre el particular añade Holland un interesante pensamiento al decir que no importa tanto lo que un hombre sabe como el uso que haga de lo que sabe.
Pero para llegar a conseguir objetivos importantes es necesario el ejercicio de las ordinarias virtudes latentes o activas en todo ser humano como el buen juicio y la perseverancia, que es en toda ocasión el sucedáneo del genio. No hay obstáculo invencible para quien con legitima finalidad se propone superarlo.
Una de las condiciones mas raras por lo poco que se ejercita es la perseverancia o espíritu de continuidad, la perseverancia es la energía que impulsa la acción, el talento sin perseverancia no funciona.
La vanidad hay que dejarla lejos, es una mala compañía, al esforzarnos en conseguir éxitos efectistas de aparatosa popularidad desperdiciamos la ocasión de los pequeños éxitos de la conducta diaria cuya suma da valor a la vida y nos da paz, poder y abundancia incompatibles con los egoístas empeños del lucimiento personal. Si durante tantos siglos encubrió la naturaleza al hombre sus secretos fue por la falta de sencillez en el raciocinio de los investigadores, que siempre esperaban descubrir algo insólito, extraordinario y sorprendente, como desglosado por arte de magia de las ordinarias leyes del universo. Y da la casualidad que los secretos de la naturaleza son tan sencillos, que por su misma sencillez los pasan por alto cuantos se empeñan en ver en ellos intrincadísimos problemas.
De este modo es lamentable que se confunda el éxito con las estridencias de un artificioso renombre y no se advierta que la tranquilidad de conciencia y tener nuestro deber cubierto son buenos compañeros de la paz, el poder y la abundancia donde se encuentran los auténticos éxitos de la vida humana. Alejémonos de la vanidad.
El Diplolocus.